Hace cinco años… 5/5 (14)

Querido F:

Como cada diecisiete de Julio desde hace cinco años me hallo aquí, tecleando letras sueltas delante del ordenador para poner en orden mis recuerdos y pensamientos. El tiempo trata de difuminar concienzudamente todos los colores, los sentimientos y las sensaciones de algunas épocas pasadas, posiblemente para hacer más llevadero ese tránsito a la vida en ausencia de un ser querido.

No obstante, y a pesar de esos cinco años transcurridos, sigo teniendo muy presente algunos hechos. Hechos que no quiero olvidar porque forman parte de mi biografía y porque, quiera o no, me han otorgado una cierta madurez no desdeñable. He crecido como médico y como persona.

Recibí la noticia de tu enfermedad como un aguijón que me pinchó con fuerza la boca del estómago. Convivo con el cáncer a diario a través de mis pacientes y el cáncer no me resulta extraño, ni ajeno, sé que puede “tocar” a cualquiera. Aún así cuando el cáncer entra en tu círculo familiar o de tus seres queridos, la perspectiva que tienes acerca de él cambia necesariamente. No me eché a llorar ni a lamentarme en el momento de conocer la noticia. Mi cabeza estaba demasiado ocupada pensando en las estadísticas, en las pruebas diagnósticas, los tratamientos o las posibles toxicidades y secuelas. A través de ellos pensaba también en cuál sería la mejor forma de ayudarte o aconsejarte, aún sin saber si querrías o no esa ayuda que yo pudiera ofrecerte.

Recuerdo con cariño aquella primera llamada tras años de paréntesis sin saber, salvo por terceros, nada de ti. Fue una alegría inmensa que quisieras contar conmigo para transitar por el tortuoso itinerario de diagnósticos y tratamientos al que ibas a ser sometido. Escuchar mutuamente nuestras voces y nuestras risas nos puso en resonancia, aliviando sin duda nuestros respectivos temores y así ponernos en marcha.

Nadie dijo que iba a ser fácil. De sobra lo sabías. Sé que habías leído algunas cosas por internet nada halagüeñas y trataste estar de algún modo preparado para lo que pudiera pasar. Lo que más te dolía era disgustar a tus seres queridos o transmitirles sufrimiento, eso no lo podías permitir. Por ello elegiste muchas veces la soledad y la introspección, para proteger de un dolor a los tuyos que de cualquier forma era inevitable. Otras veces la soledad no fue elegida, sino circunstancial, bañada por una extraña conspiración de silencios.

Decidí voluntariamente llamarte, acompañarte desde la distancia con la única presencia de una escucha activa. Aprendí en esos instantes de tu cotidianidad a entender lo que los pacientes guardan fuera de la consulta, a ver la cantidad de cosas que se quedan en el tintero, a sentir lo que verdaderamente significa la relación de ayuda al otro y a objetivar muchas de las lagunas que tiene nuestro trabajo diario. Me di cuenta de la gran cantidad de necesidades existentes y no cubiertas. Quise como pude aligerarte de esa carga que llevabas tú solo. Espero que en algún momento así lo sintieras.

Pasaron los días, las semanas y algunos meses. Pude ingeniármelas para ir a verte y hablar con algunos de tus especialistas. Ayudarte a coordinar y a agilizar o conocer los resultados de algunas pruebas eran tareas de las que me podía encargar sin demasiados problemas. Darte buenas noticias, cuando las había, era la mayor de las satisfacciones.

No todo fue color de rosa. La alegría duró poco y recuerdo que al final del tratamiento empezaste a sentirte mal y tuviste que ir al hospital. Te costaba cada vez más respirar y la situación llegó a convertirse en angustiosa. Pronto te tuvieron que llevar a la UCI, sedarte y conectarte a un respirador. Era una UCI sin H (sí esa H de humana), con visitas restringidas, una fría sala de espera y todo tipo de monitores por doquier.

Lloré entonces. Por rabia. Por la incomprensión casi absoluta de un compañero de profesión que no sabía lo que el humanismo representa cuando estás al otro lado. Por la sensación de estar padeciendo un ensañamiento terapéutico no merecido y que tú no deseabas. Porque me hubiera gustado otro final para este relato.

Hoy no lloro, ya sonrío como tu querías. Sé que tú vivirás. Vivirás en los gratos recuerdos, en la sonrisa de ese niño que lleva tu apellido, en las fotografías de colores o en blanco y negro, en las anécdotas contadas por otros, en aquellas miradas profundas y generosas, en los mensajes sin palabras, en el olor a limpio o en los atardeceres en el mar. Gracias a ti, he entendido que la misión de los vivos es la de despedirse bien y cerrar los ojos de aquellos que se van, pero aquellos que se van serán los que en realidad nos abrirán los ojos a los que estamos vivos.

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