Los cerezos en flor 5/5 (8)

Querido amigo:

La naturaleza con sus cambios estacionales era una de tus pasiones, junto al dibujo, el arte o los paseos en bicicleta. Revisando estos días tus mensajes me encontré con esta instantánea de los cerezos en flor, majestuosos y llenos de su propio esplendor primaveral, invitándome así a acercarme en esa época del año al Valle de las Caderechas para disfrutar de ese sublime despertar. Queda así apuntado en mi libreta de visitas pendientes y te aseguro que cuando los vea, me acordaré con cariño de ti.

Ahora, un retrato mío dibujado por ti preside mi despacho. Hace una semana que partiste y ese dibujo se ha convertido en algo más que un simple retrato. Tenerle ahí significa que tu recuerdo sigue vivo aunque ya no estés, representando un digno homenaje a tu figura. Cada vez que me pregunte alguien por él te recordaré con una cálida sonrisa.

A lo largo de estos años que nos ha tocado convivir con la enfermedad hemos andado una montaña rusa de emociones y reencuentros. Aún así, en los momentos en los que la angustia se instalaba en tu cuerpo, he admirado profundamente tu fuerza y ganas de avanzar pese a la adversidad.

No es fácil ser paciente y médico. Tampoco lo es para el que porta la bata blanca y le toca hacer el papel de oncólogo de un compañero. Puede resultar extraño, pero quizás desde este lado me siento reflejada en un espejo de vulnerabilidad que muchas veces inconscientemente no deseo contemplar. Supiste ser y estar a la altura de las circunstancias. Siempre me demostraste tu confianza y cercanía. Nunca salió una mala palabra de tu boca aunque procediera, ni siquiera cuando los renglones se escribían empecinadamente torcidos.

Tu entrañable familia ha estado contigo acompañándote en este viaje final. Celebro que te hayas despedido bien y rodeado del cariño de los tuyos en todo momento. Ellos me han demostrado su gratitud. Sólo puedo decir que traté de hacer las cosas lo mejor que supe. Quizá sea yo quien tiene que darte a ti las gracias por la entereza, el afecto y respeto que siempre me has demostrado.

Soy incapaz de olvidar ese gesto de alegría al verme durante tu ingreso, tus apretones de mano y tus abrazos. Esos son auténticos regalos que he tenido el privilegio de recibir de ti. Te aseguro que no los olvidaré, al igual que esos sublimes cerezos en flor de Las Caderechas.

Hasta siempre. Un abrazo.

 

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Seis años en busca de sentido 5/5 (11)

Querido F:

Han pasado ya seis años de tu marcha, tratando de buscarle un sentido a la finitud de la vida, al trabajo que desempeño e incluso a esos días que continúan ya sin ti. No es una tarea fácil y cada uno a su manera encuentra el camino para aliviar el dolor de la pérdida, Unos dicen que el tiempo lo cura todo. En realidad el tiempo lo que hace es cambiarnos la perspectiva y allanarnos el camino hacia la aceptación.

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Hace cinco años… 5/5 (18)

Querido F:

Como cada diecisiete de Julio desde hace cinco años me hallo aquí, tecleando letras sueltas delante del ordenador para poner en orden mis recuerdos y pensamientos. El tiempo trata de difuminar concienzudamente todos los colores, los sentimientos y las sensaciones de algunas épocas pasadas, posiblemente para hacer más llevadero ese tránsito a la vida en ausencia de un ser querido. Continuar leyendo “Hace cinco años… 5/5 (18)

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De acero inolvidable

Querida Valle:

Recuerdo que justo hace un año nos encontrábamos en el balneario de Lanjarón ilusionadas junto a otras mujeres que como tú habían pasado o estaban pasando por una experiencia similar a la tuya. Tú fuiste el gérmen de inspiración de un proyecto nacido desde el cariño y la voluntad de servicio y ayuda los demás. Meses antes nos habíamos ya emocionado con las ideas y las personas de los que iban a formar el cuerpo, digamos docente, de esa escuela emprendedora llamada ROSE Project. Conseguimos arrancar una primera edición con una ilusión y ganas inusitadas, con sonrisas y también con lágrimas de emoción.

Pero no quiero hablar de tu enfermedad y de cómo ella inundó despiadadamente tus últimos años. Aprendiste a convivir con ella, a seguir con ella, a no permitir que no te dejara disfrutar de las pequeñas cosas y de la compañía de los tuyos, a vivir con la enfermedad.  A pesar de ella, a pesar de los tratamientos, a pesar de todo y de todos, a pesar de ese peso enorme que representaba y que cargabas a diario sobre tus espaldas, seguías valiente hacia mirando siempre hacia delante.

Son muchos los fotogramas que se cruzan delante de mis ojos de aquellos y de otros días en los que nos encontramos. Mi mente se esfuerza tozudamente en recordar, porque a fuerza de reforzar mi maltrecha memoria me hace pensar que de algún modo sigues ahí, invisible a los ojos, pero visible a las almas. Recordarte y sonreir con tu imagen me reconforta y transforma el pesar en nostalgia, el dolor en emociones y tu despedida de este mundo en alguna forma de transformación positiva para los que tuvimos el privilegio de compartir algún momento de tu existencia.

Hay veces que cavilo con el pensamiento de que no te has ido, de que tan sólo te nos has adelantado. A los demás, a los que estamos a este lado se nos ha concedido una prórroga más larga que la tuya para seguir jugando en ese escenario llamado vida. Hubieron momentos en los que la adversidad no se detuvo, pero ante ella tú dibujaste siempre una sonrisa en tu boca.

Conmueve leer los mensajes hacia ti, pero especialmente me ha llegado el que hace referencia a tu despedida. Dicen que cada uno de nosotros muere del modo en el que ha vivido y en verdad te digo que quien ha sido testigo de ello habla con inmensa ternura, belleza y paz de ese momento. Fue un momento hermoso, sublime, dulce, emotivo y lleno de inmenso cariño hacia quien había estado siempre a tu lado de un modo incondicional. No podrías haber escogido mejor ese momento y la forma de hacerlo. El poso que quedará en el recuerdo de él será imborrable.

Para mi has sido un ejemplo, una mujer de acero inolvidable esculpida a base de generosidad, dulzura y buenos sentimientos. Has dejado una huella en tu camino y tras ellas iremos todos los que de una forma u otra hemos aprendido de ti. Descansa y te espero cuando miremos al cielo tú allí y yo aquí.

Un abrazo muy fuerte.

Hallelujah. Pentatonix.

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Tres años ya 5/5 (1)

Querido F:
Los días, los meses y los años transcurren inexorablemente, quieras o no. La percepción del tiempo cambia con la experiencia de los años vividos, dando la impresión de mayor fugacidad. En cada aniversario se me agolpan los recuerdos, algunos se difuminan y otros, los mejores quizá, permanecen imborrables.
Sigo acordándome mucho de ti, con fotografías mentales de diferentes etapas de mi biografía en las que tuve el privilegio de conocerte. Tú, posiblemente sin pretenderlo, y tu recuerdo, se han convertido en un “leitmotiv”, en un “con-sentido” que va transformando el prisma con el que ahora veo las cosas. Siento la necesidad imperiosa de ensalzar tu memoria, de hacerla vívida, de homenajearte y de poner en relevancia los valores que iban íntimamente ligados a tu persona.  
Por eso hoy, cuando se cumplen tres años de tu marcha, escribo estas líneas.
Tu ejemplo ante la adversidad y el cáncer me dieron una lección de vida, la mejor lección recibida en mi carrera profesional. Me percaté contigo de la gran cantidad de cosas que los pacientes callan, que no advertimos en la consulta y que merecen escucha y atención. Aprendí a tener los ojos más abiertos, los oídos más atentos y a tocar más, a estar más cerca de los enfermos.
Uno de los más bonitos recuerdos que vienen a mi mente fue la emoción que nos embargó a ambos al reencontrarnos después de varios años sin saber uno del otro. A pesar de las circunstancias parecía que el tiempo no hubiese pasado y que se detuviese en ese preciso instante. “¡Qué ilusión escucharte!” me dijiste… 
En estos tres años, no he parado de escribir. Admito que necesitaba hacerlo. Por ti. Por aquellos que pasan todos los días una situación como la tuya. Por poner voz al silencio que se agazapa tras la enfermedad. Por llamar a las cosas por su nombre. Por reconocer que no tengo todas las respuestas a las preguntas. Por preguntarme todos los días cómo puedo hacer mejor mi labor. Por dar un rayo de esperanza en este océano de incertidumbres que conlleva la enfermedad. Por dar, en definitiva, sentido al dolor. 
Te seguiré recordando…

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