Un mundo sin cáncer ¿es posible? 5/5 (6)

El pasado 13 de enero se celebró un congreso improvisado titulado “Un mundo sin cáncer.  Lo que tu médico no te cuenta” auspiciado por una serie de gurús (por así decirlo y puedes verlo aquí, aquí y aquí ) que carecen de cualquier rigurosidad o conocimiento científico acerca del cáncer, pero como cualquier evento pseudocientífico que se precie, ha tenido una importante repercusión mediática y ha venido cargado de cierta polémica.

Asistimos los profesionales que estamos día a día desde hace muchos años, trabajando, estudiando y tratando a muchos enfermos oncológicos, ante una creciente y alarmante oleada de pensamiento mágico. Proliferan los movimientos antivacunas, las teorías conspiratorias y anuncian una buenista medicina como único camino para sanar. Pero  resulta perversa y se convierte en una medicina antisistema. Chamanes, charlatanes y curanderos han existido siempre a lo largo de la historia de la humanidad, al igual que sus tratamientos “milagro” que todo lo curan.

Estas prácticas “ancestrales” podían tener su sentido en épocas en las que apenas se disponía de recursos terapéuticos y poco se conocía acerca del cáncer. Las hipótesis primitivas o las creencias mágicas podían resultar ser un alivio para compensar la falta de conocimiento científico, al igual que ocurre en países o en contextos sin recursos.

Lo que a la comunidad científica nos cuesta, es alcanzar a comprender por qué en pleno siglo XXI, con toda la democratización y accesibilidad a la información y al conocimiento no hayamos sido capaces de minimizar esta situación. No es así una cuestión de ignorancia, pues muchas de las personas que recurren a las pseudociencias tienen formación académica o universitaria. Y lo que más nos deja perplejos es que no suele trascender el triste desenlace final de muchas de las personas que caen en manos de estos embaucadores.

Medicina sólo hay una. La que se estudia durante los seis años que dura la formación académica en las facultades de Medicina, posteriormente en los estudios de post-grado y en toda nuestra constante formación continuada. Una Medicina que se basa en el método científico, siempre sometida a la duda, a las preguntas pendientes de respuesta y a la evidencia cambiante en su evolución lógica. Una Medicina que gracias a las vacunas y a los antibióticos ha conseguido erradicar enfermedades prevalentes en el siglo XIX y que resultaban mortales o dejaban grandes secuelas como la poliomielitis, la tos ferina, el sarampión, la tuberculosis, etc.

Medicina es también mirar a los ojos del paciente, observar, escuchar su relato, empatizar, preguntar y explorar con nuestros sentidos. Medicina es saber qué pruebas complementarias nos pueden apoyar nuestra sospecha diagnóstica y buscar el mejor tratamiento dentro de su contexto. Un humano frente a otro humano que se siente vulnerable ante la enfermedad y que pone a su disposición todo su conocimiento y saber hacer para ayudarle desde su sentido de servicio al otro.  Y lo hace para ofrecerle bienestar y supervivencia.

Bajo distintos e impronunciables nombres y terapias inverosímiles conviven en nuestros días las pseudociencias. Los bulos en Oncología brotan como setas en internet, buscando casi siempre una base emocional a la formación de los tumores (problemas o conflictos no resueltos, estrés, etc.) que lo único que hacen es añadir más angustia y culpabilidad a los pacientes. Parece que la solución es no tener las adversidades propias de cualquier biografía. Su relato resulta embaucador, dejan explícitamente aquellos mensajes que queremos oir, son conocedores de herramientas de marketing que les posicionan fácilmente en los buscadores, critican a la ciencia sin conocerla y campan impunemente a sus anchas, muchas veces gracias al altavoz de las redes sociales sorteando los mínimos principios éticos.

Desgraciadamente la ciencia no tiene respuestas para todo y es cierto que nuestro estilo de vida actual no es el óptimo para prevenir algunos tumores. El haber combatido ya algunas enfermedades y aumentar nuestra esperanza de vida ha hecho que el cáncer se convierta en una enfermedad prevalente. Posiblemente y además, adolecemos de una cierta despersonalización y deshumanización en el contexto de una práctica clínica que cada vez está más tecnificada y burocratizada. Nos hemos dejado llevar por una inercia que debemos combatir para recuperar nuestra esencia más humana. La psicooncología, la nutrición o el bienestar físico y espiritual del paciente con cáncer han pasado a un injusto segundo plano y cabe trabajar también en estas competencias. También debemos esforzarnos en divulgar y rebatir teorías sin fundamento, así como velar para que las instituciones no miren a otro lado y permitan la proliferación de las pseudociencias.

 

 

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