Era COVID. Año cero. 5/5 (15)

Nace una nueva era. Habrá un antes y un después de esta pesadilla en forma de pandemia por el virus COVID-19. Creo que ya nada volverá a ser igual. Estamos en la era COVID, año cero. Algo tan pequeño, microscópico e invisible a nuestros ojos nos ha hecho vulnerables y nos ha obligado a confinarnos entre las cuatro paredes de nuestra casa. En España por un período de quince días y que se han prorrogado otros quince más por las autoridades sanitarias.

Esta pandemia nos ha dado una lección de humildad a todos. Una bofetada sin mano en toda regla, donde la naturaleza nos dice sin piedad que debemos parar, reflexionar y retomar los verdaderos valores universales. Porque si la vida humana puede pender de un hilo, todo lo demás sobra. Hemos sido tan egoístas, ingenuos y descreídos que lo que ocurría apenas unos meses en Wuhan (China), nos parecía muy lejano. Un cuento chino, una gripe más, algo que no era nuestro problema. Veíamos las imágenes en nuestros televisores de hospitales construidos en tiempo récord, de millones de chinos obligados a cumplir cuarentena, de ciudades paralizadas como si nada. Y lo subestimamos.

Al poco tiempo vimos un hecho más cercano. Un brote virulento al norte de Italia que rápidamente se extendió y empezaron a crecer exponencialmente los casos de infectados por coronavirus. Un país vecino europeo que bien podía ser un reflejo de lo que se nos avecinaba y aprender, pero al igual que con China, lo subestimamos.

Al principio los casos de coronavirus en España fueron aislados, relacionados con viajes al extranjero. Hace menos de un mes empezaron los primeros brotes epidémicos en la península y el contagio se ha extendido a día de hoy a  42.058 infectados (un 14% sanitarios, 4.500 ) y 2.991 fallecidos, la mayor parte de ellos en Madrid, ostentando el triste ranking de ser el tercer o cuarto país con más casos positivos.

El virus produce como síntomas más prevalentes fiebre, tos y dificultad respiratoria. Un 80 % de los casos cursa con sintomatología leve y se puede pasar perfectamente en casa. Un 15 % de los casos tienen sintomatología moderada y precisan ingreso hospitalario. Un 5% de los casos presentan un cuadro grave de insuficiencia respiratoria de evolución abrupta que precisa de ingreso en UCI y ventilación mecánica. La tasa de supervivencia de este porcentaje de pacientes graves es del 40%. Dicho así, las cifras nos pueden parecer relativamente pequeñas. El problema es que al haber un contagio rápido y masivo, el número de personas graves se acumula y colapsa el sistema sanitario. No hay suficientes camas de UCI, ni equipos de ventilación mecánica para atender a la demanda. Es como un terremoto sanitario contínuo con réplicas que no cesan de llegar. En este escenario se llega a una Medicina de guerra, donde debes priorizar la atención sobre aquellos que tienen más posibilidades de sobrevivir.

Los sanitarios nos encontramos ante una situación inédita, sin precedentes. Al principio no entendíamos muy bien la cancelación a primeros de Marzo-20 de reuniones médicas o congresos, mientras partidos de fútbol o manifestaciones públicas eran permitidas. Vivimos atónitos una realidad distópica, difícil de digerir. Yo por mi especialidad no me encuentro en la primera línea de batalla con los pacientes infectados por coronavirus, pero veo con pavor lo que están pasando mis compañeros de otras especialidades como neumólogos, médicos de urgencias, internistas y por supuesto médicos de UCI. Medicina Preventiva nos ha dado unas pautas para trabajar que han evolucionado a medida que los casos iban aumentando y el acecho del virus se hacía más cercano. Nuestra forma de trabajar ha cambiado por completo porque no podemos desatender a los pacientes oncológicos que sabemos que son vulnerables a las infecciones por su inmunosupresión intrínseca a la enfermedad en muchos de ellos. Al principio sólo nos lavávamos las manos tras cada paciente y tomábamos una distancia social con el enfermo. Nada de saludarse con la mano y desinfectar todo: mesa, teclado de ordenador, ratón, pantalla, móvil, fonendo, camillas. El enemigo, igual que la radiación es invisible.

Como radiooncólogos conocemos y convivimos de forma natural con nuestra principal e invisible herramienta de trabajo: las radiaciones ionizantes. Nuestros principios de radioprotección es: Tiempo, Distancia y Blindaje. Consignas que sirven también para protegernos frente al coronavirus. Estar el menos tiempo posible expuesto a una supuesta infección. Guardar una distancia social de seguridad entre 1-2 metros. Blindarnos con mascarillas, gafas, batas y guantes siempre que sea necesario. El problema es que el riesgo cero es muy difícil de conseguir y ello te hace estar alerta, tratar de no equivocarte, de no tocarte inconscientemente la cara. De desinfectarte y de lavarte las manos constantemente. Es francamente agotador y estresante.

Hemos cerrado accesos, limitado el aforo y el tiempo en las salas de espera. El transporte sanitario debe ser cuidadoso y se limita el acceso a familiares a menos que acompañen a pacientes dependientes. Hacemos un cribado cuidadoso diario de los pacientes con un pequeño interrogatorio y toma de temperatura para que ante la menor sospecha separemos un caso contagioso que podría poner en peligro al resto de nuestros vulnerables pacientes. Hemos tenido que cambiar nuestra forma de trabajo, hacer turnos para minimizar el contagio, dejado de hacer sesiones clínicas o comités.

Tenemos que hacer un exquisito análisis de los casos y ponderar el riesgo de infección frente al riesgo del propio cáncer, para así priorizar quién se va a beneficiar más del tratamiento y quién puede esperar. Las consultas sucesivas ya no son presenciales, se hacen telefónicas. Se procura hacer tratamientos lo más cortos posibles, con la misma calidad y eficacia para evitar la exposición al virus en el hospital. Y también hemos tenido que echarle imaginación a la situación cuando el material escasea. Hemos hecho protocolos de actuación en tiempo récord y hasta hemos hecho un grupo de Whatsapp a nivel nacional para compartir nuestras experiencias y aprender de ellas. Sirve también como apoyo para seguir adelante y conocer de primera mano todas las dificultades que nos vamos encontrando.  Estudiamos día y noche la literatura ingente y en abierto que sale cada día en revistas científicas para poder conocer y tratar mejor la enfermedad. Algunos de mis colegas tienen la suerte de poder hacer teletrabajo desde casa y así reservarse de posibles contagios. Pero también muchos de mis compañeros son llamados a filas para estar en primera línea apoyando a internistas, médicos de urgencias o neumólogos porque no dan abasto y necesitan manos. Cualquier día puede que tenga que ir yo, con el estrés añadido que eso supone.

A nivel de especialidades afines ocurre algo parecido en su organización. Se han demorado las intervenciones quirúrgicas, algunos tratamientos de quimioterapia e inmunoterapia. Las pruebas complementarias se ajustan a los casos más urgentes y necesarios. Esta crisis sanitaria nos ha obligado a replantearnos más las cosas y ser más estrictos si cabe. 

Los hospitales prácticamente sólo ingresan casos de coronavirus y se van aumentando camas y cambiando los flujos de trabajo a medida que van llegando casos. Hay hospitales en Madrid o Barcelona que prácticamente el 80% de los pacientes son infectados por coronavirus y se están habilitando recintos feriales como IFEMA para construir hospitales de emergencia con disponibilidad para 5.000 camas. También se trabaja por convertir los quirófanos y las áreas de reanimación en nuevas UCIs para atender la demanda de pacientes críticos. Se hacen llamamientos desde los centros de mayor presión asistencial porque ya no dan más de si, están colapsados y necesitan de la solidaridad de todos. Muchos médicos de otras especialidades han tenido que dejar sus puestos y trabajos para apoyar a estas nuevas unidades. Se ha recurrido incluso a médicos jubilados y a MIR o estudiantes de medicina.

Cuento todo esto que parece un escenario irreal o de guerra, pero es la realidad con la que nos enfrentamos. Estoy convencida que sacaremos cosas buenas de todo esto y seremos más fuertes si cabe. Agradezco los aplausos desde las ventanas y los balcones a las 20.00h todos los días, pero no me gusta que nos llamen héroes porque no lo somos. No salvamos vidas, las prorrogamos. Hemos elegido esta profesión porque amamos profundamente lo que hacemos, porque es un privilegio poder servir de ayuda en momentos de máxima vulnerabilidad. Creo que la enseñanza que debemos sacar ahora y siempre es que la sanidad es un bien finito que todos debemos mimar y valorar. Cuando pase todo esto seguirá siendo importante que se nos reconozca nuestra labor, que se nos cuide más como merecemos y que se nos tenga en cuenta como un pilar esencial de la sociedad.

No quiero olvidarme del drama humano que hay detrás de esta era COVID. Los que estamos bien estamos confinados en casa, obligados a no estrecharnos la mano, a no abrazarnos, a no besarnos, a guardar una distancia de seguridad. Los que se encuentran enfermos ingresan solos, sin una cara conocida a su alrededor, con personal forrado con guantes, mascarillas y gafas trabajando a destajo y con poco tiempo para estrechar una mano o escuchar. Pacientes sufriendo en una profunda soledad, muriendo en soledad. Y los familiares y amigos sin poder comunicarse antes de partir o realizar el tributo que sus fallecidos merecen. Pacientes de otras patologías, incluída la oncológica que quedan en un segundo plano porque todo el protagonismo se lo ha llevado la pandemia y ellos también se sienten tristes y abandonados. Y nosotros que tenemos que seguir adelante con todo el arrojo que encontremos, entrenándonos en resiliencia, rezando por no contagiarnos, ni contagiar, sobreponiéndonos a una adversidad inimaginable hace apenas un mes, esperando no salir demasiado tocados de este impacto emocional. Y soñando que llegue el día en que pueda abrazar sin miedo a mis seres queridos.

Creo que habrá un antes y un después de esta era COVID.

¡Que la fuerza nos acompañe!

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6 respuestas a «Era COVID. Año cero.»

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