Carta a un maestro 5/5 (6)

La barba hipster, ¿una moda pasajera? | VENTAROPAHIPSTER

Querido Agustí:

No me entusiasma la idea de escribirte esta carta, pero me siento en la necesidad de hacerlo. Tras conocer hace unos días que emprendiste ese viaje de no retorno, se abalanzaron sobre mí muchos recuerdos. Me apetecía de forma imperiosa poner negro sobre blanco. Fuiste con total rotundidad mi maestro y mi mentor. No podía por menos escribir este humilde homenaje.

Recuerdo con cariño mi primer encuentro contigo allá por Octubre o Noviembre de 1990. Había conseguido una plaza MIR por aquel entonces y la opción de escoger una plaza en Oncología Radioterápica en Barcelona cobraba una fuerza inusitada. Me fui de “tournée” por varios servicios para conocer de primera mano la situación de cada uno de ellos y escoger en consecuencia. Llegué una mañana al sótano del Hospital de l’Esperança tras subir la cuesta de la Calle de Sant Josep de la Muntanya, muy cerquita del maravilloso parque Güell de Gaudí y pregunté por el jefe de Servicio. Tras una breve espera me atendiste para contarme cómo era la especialidad y el trabajo que se esperaba de un MIR. A esa entrevista se unió luego Manuel y tuve la corazonada, después de aquella inusual charla, de que ése era mi sitio.  Me quedé para el recuerdo una frase algo irreverente pero contundente que me lanzaste: “Aquí se aprende a capar cortando cojones”. Presagio sin duda de que estaba ante un gran maestro.

Con esos ingredientes, no me tembló el pulso cuando me tocó darle a la tecla para elegir plaza. Tus consejos y palabras me calaron. Así opté por Oncología Radioterápica en el Hospital de l’Esperança. Un servicio pequeño, con una unidad de cobaltoterapia y pocos medios técnicos, que se suplían con creces con la humanidad de los que allí habitaban: Muchas eran las ilusiones depositadas en distintos proyectos de investigación, docencia y publicaciones médicas.

Contigo Agustí, aprendí no sólo Medicina y las disciplinas afines a la Oncología Radioterápica. Aprendí la importancia de escuchar, de observar con atención, de tocar y de estar presente frente a un enfermo oncológico. Me contagiaste un amor especial por la Hematología y la Radiobiología, materias en las que te habías hecho todo un referente. Conservo con cariño el libro de Radiobiología que me regalaste. Me enseñaste a trabajar desde cero. Ya fuera haciendo una dosimetría a mano con papel milimetrado y ayudada por las tablas con curvas de rendimiento en profundidad; cogiendo el mando del cobalto para que entendiera conceptos tridimensionales; enseñándome hasta la saciedad cómo poner las protecciones en distintas partes de la anatomía de los pacientes que eran sometidos a una irradiación corporal total para poder luego trasplantarles de médula ósea o ayudándote artesanalmente a hacer los bloques de plomo para los pacientes de linfoma de Hodgkin. Me enseñaste también a escribir artículos que corregías siempre certeramente con tu puño y letra menuda, en algún margen de mi borrador. Eran sin duda otros tiempos. Tiempos analógicos, tiempos con mucho arte médico. Siento ahora cierta añoranza.

Fueron tiempos de trabajo incansable. Tiempos de peleas con la administración para conseguir más tecnología. Tiempos de echarle imaginación a los problemas y dificultades que por aquel entonces teníamos. Tiempos de irradiar ratones de laboratorio para mayor conocimiento radiobiológico. Tiempos de escribir con rudimentarios procesadores de texto. Tiempos de fabricar diapositivas fotografiando a mano la pantalla de un ordenador para las presentaciones. Entre tantas horas en el hospital, hubo también, como no, momentos para brindar, para encuentros informales, para tocar tu guitarra eléctrica al más puro estilo rockero y para conversar o reir a mandíbula batiente.

Me viene estos días a la memoria tu imagen quijotesca, con ese acariciar de tu  barba blanca tan tuyo, esa mirada a los ojos, ese discurso directo y esa habilidad por cogerme la mano entre las tuyas como diciéndome “aquí estoy”. Va a ser muy difícil olvidar todas esas cosas buenas que me enseñaste y guardo con especial cariño en un lugar privilegiado de mi corazón.  Aquella siembra de conocimiento que hiciste en mi, se ha cosechado a fuego lento como todas las cosas buenas. Humanizar la Medicina es ahora una prioridad que llevo por bandera y que me sabe a ti. Me hablabas no sólo como un maestro, también como un padre que desea lo mejor para sus vástagos y a los que mira con afecto y orgullo a partes iguales.

Te has marchado un cuatro de Julio de un año muy raro. Te has ido apresuradamente y casi de puntillas. Sin hacer ruido. En tu último suspiro, me encontraba cerca sin saberlo, en tu querida Mallorca. He conocido que la misma enfermedad por la que hemos entregado nuestros desvelos  ha segado de cuajo tu biografía. No he podido despedirme como me hubiese gustado, agarrándote de la mano, acompañándote simbólicamente. Me consta que los tuyos no se han separado ni un momento de ti y con esa imagen de consuelo me quedo.

Agustí, no quiero despedirme sin darte las gracias. Gracias por ser siempre tú y por estar cuando había que estar. Gracias por todo lo que me has enseñado y me has ayudado a lo largo de mi carrera. Gracias por contar conmigo en infinidad de ocasiones. Gracias por compartir inolvidables momentos de ocio. Porque sí, porque no todo era trabajo. Gracias por tu afecto. Por ocuparte. Por preocuparte. Por darme aliento en los momentos difíciles. Por escucharme, por leerme. Por sentirte orgulloso. Por todo lo que me has dado.

Gracias.

Y recuerda que, los viejos rockeros como tú nunca mueren…

 

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4 respuestas a «Carta a un maestro»

    1. Hola Jordi. Me n’alegro que t’hagi agrada’t el meu recordatori a la figura del nostre estimat Agustí Valls. El trobarem a faltar. Una forta abraçada.

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