Cineterapia oncológica: La Caja China (Chinese Box) EEUU.1997. Wayne Wang 4/5 (1)

La Caja China se inicia en Hong-Kong concretamente en la Nochevieja de 1996. En la colonia británica se entremezclan como en ningún otro lugar del mundo, comunismo y capitalismo, tradición y modernidad, se celebra la entrada de un año histórico: el que pondrá fin al colonialismo inglés. John (interpretado por Jeremy Irons) es un periodista británico, especializado en finanzas que vive en Hong Kong desde hace quince años y está profundamente enamorado de Vivian (interpretado por la bellísima Gong Li), una antigua prostituta que vive con Chang (Michael Hui), un hombre de negocios que no se casa con ella por su pasado. John en toda esta trama recibe la noticia de que tiene una leucemia y de que sólo le quedan unos meses de vida, más o menos lo que falta para que Hong-Kong vuelva a estar bajo soberanía china en Junio de 1997.

Este es el argumento con el que arranca la película, pero resulta imposible encerrarla en una simple sinopsis. En esencia esta es la historia, pero quedan fuera muchas escenas, muchos momentos que también son importantes. De eso debía ser consciente el director Wayne Wang y por eso eligió ese título. Las primeras imágenes de la película son de cajas que se van cerrando dentro de cajas más grandes, algo similar a esas muñecas rusas encerradas unas dentro de otras, las matrioskas. Lo que en ellas se ven son pequeños objetos, aparentemente insignificantes, pero con algún valor desconocido que los hizo relevantes.
 
La Caja China habla de historias dentro de otras historias: la historia de Hong-Kong, la conciencia de los límites de la propia vida, la imposibilidad de amar en ocasiones, la dificultad de conocer algo sobre lo que se lleva escribiendo quince años, etc. No hay un tema predominante. Wang deja que cada espectador elija el tema que más le convenga y a la hora de hablar de la película se entremezclen enfoques. En toda la película viviremos saltos de una caja mayor a otra menor. 

La Caja China está cargada de simbolismo. Un periodista inglés con leucemia enamorado de una antigua prostituta. Una antigua prostituta que vive con un rico chino que no quiere casarse con ella. Una joven con el rostro deformado que sigue enamorada de un novio inglés que le abandonó. Personajes que corren el riesgo de caer en el exceso. El acierto de la película es que todo, dentro de unos límites, se sostiene con fuerza.

Hay escenas fascinantes como la imagen de John grabándolo todo, intentando saber cómo es Hong Kong después de vivir quince años en la ciudad y el hecho de que al final tenga que renunciar y decida que sea Jean la que se lleve la cámara para filmar los últimos retazos de su vida. Otra escena preciosa es la de Jim al lado de John que le anima con su guitarra. Piensa que su depresión se debe a los problemas que tiene con Vivian y le da un rápido curso sobre los tipos de canciones de amor. Las que se escriben cuando empieza, las que nacen mientras dura y las que inspira la pérdida de ese amor. Va improvisando las letras y al final consigue que John le mire y le sonría.
 
Algunas imágenes saltan al futuro y esas referencias rápidas convierten a la película en algo bueno. La Caja China está llena de esas referencias, pero el espectador se quedará sólo con algunas. Serán como los cromos de una colección incompleta. No están ni ordenadas ni pegadas al álbum. Bastará con volver a recordarlas para que se ponga en marcha todo el juego de las cajas chinas.

John sabe con certeza que le queda poco tiempo de vida. También sabe que está enamorado de quien no debe, que vive lejos de su casa, que casi no tiene amigos, que hace un trabajo que no le gusta y que tiene la necesidad de atrapar una realidad que se le escapa. Es fácil que uno se vea enganchado a este personaje por alguna de estas definiciones. En realidad, la historia de la Caja China ya no le pasa a alguien que vive en Hong Kong, le puede pasar a cualquiera. Y su evolución se sigue con la curiosidad de quien busca opciones. Con esa curiosidad que es capaz de despertar el buen cine.

Se trata de un tremendo drama amoroso con un  peculiar estilo en que se mezcla un carácter documental con una crónica de esta fecha señalada.  Así, la reciente historia de Hong Kong se funde con las vidas de unos personajes llenos de incertidumbre.

https://www.youtube.com/watch?v=uz1nwFU_nYg.

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Cineterapia oncológica: Venus. Reino Unido. 2006. Roger Michell


Venus, es una película que relata la vida de tres jubilados de avanzada edad: Maurice (Peter O’Toole), Ian (Leslie Phillips) y Donald (Richard Griffiths) que se reúnen todos los días en su bar preferido para tomar una copa, hablar de sus recuerdos, compadecerse de la situación mundial e intentar dar algo de sentido a su vida antes de morir. La edad ha pasado factura en sus ya débiles cuerpos y Maurice padece un cáncer de próstata, sin embargo siguen estando muy ágiles mentalmente.
Ian, un hombre con incontables manías, está demasiado ansioso por la llegada de la hija adolescente de su sobrina, que viene a prestarle los cuidados propios de su edad. Cuando ésta llega, se da cuenta de que la atrevida Jessie (Jodie Whittaker) es justo lo contrario de lo que esperaba de ella, además es una amante de la comida basura.
Maurice e Ian son viejos amigos y actores semijubilados de segunda fila. A pesar de haber llegado a los “años dorados”, siguen trabajando. Por ejemplo, Maurice encarna a un paciente hospitalizado en una telenovela. Pero su cómoda rutina y sus charlas matutinas en un café se ven interrumpidas por la llegada de Jessie, la bisnieta de Ian. Jessie no tarda en sacar de quicio a su tío abuelo. Le había comprado un CD con las Pasiones de Bach, pero ella prefiere la MTV. Ian no tarda en hartarse del comportamiento de su sobrina nieta. La enérgica joven cae bien a Maurice, que decide enseñarle Londres. Él un actor de cierta fama, y los dos empiezan a pasar tiempo juntos. Él la lleva al teatro, ella le lleva a discotecas. Maurice descubre que la edad no ha disminuido su deseo por la belleza femenina.Y mientras intenta ayudar a Jessie, le sorprende descubrir lo poco que sabe de sí mismo cuando su vida está a punto de acabar. 
La vejez introduce a la juventud en sus conocimientos y la juventud responde con alegría. Pero todo se complica y desequilibra cuando el deseo entra en la ecuación y es rechazado por uno de los componentes. El director Roger Michell consigue el equilibrio perfecto entre dos deseos opuestos. Peter O’Toole, uno de los grandes del cine, ofrece una interpretación magníficamente comedida de Maurice, pues resulta divertida, encantadora, insólita, irónica y dolorosa. Jodie Whittaker es perfecta para el papel de Jessie y no se amedrenta ante la presencia de un gran icono de la gran pantalla. La incomparable Vanessa Redgrave, en el papel de la ex mujer de Maurice, añade otra dimensión a la historia. El guión es ágil y sofisticado. Un análisis de dos personas en diferentes puntos de su vida que aún pueden aprender la una de la otra. En definitiva, el filme trata de ofrecernos una reflexión sobre cómo afrontar la madurez con dignidad e irreverencia.

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Cineterapia Oncológica: ¡Vivir! (Ikiru) Japón, 1952, Akira Kurosawa 5/5 (1)

¡Vivir!, es una película que data de 1952 y fue dirigida por el japonés Akira Kurosawa.  Se trata de una historia que narra los esfuerzos de un hombre por tratar de dar sentido a los pocos meses que le quedan de vida, tras habérsele diagnosticado un cáncer mortal de estómago. Recordemos que el cáncer de estómago es uno de los tumores con mayor incidencia en el mundo oriental, no así en el occidental. La película se inicia con una radiografía con contraste del estómago del protagonista. El diagnóstico curiosamente no se lo da el médico que le atiende, sino un paciente que está en la sala de espera que le relata minuciosamente todos los síntomas del cáncer gástrico: vómitos (el cáncer estaba situado en la boca del estómago o cardias), dolor epigástrico y heces oscuras. Le revelará que el médico no le dirá la verdad (le dirá el eufemismo de úlcera leve y no le dará tratamiento) y se genera en toda la narrativa una importante “conspiración del silencio” que deja solo al personaje principal.

Kenji Watanabe, el protagonista de ¡Vivir! interpretado por Takashi Shimura fue uno de los actores fetiches de Kurosawa y realiza en esta película una de sus mejores interpretaciones, es un hombre que, pese a la desesperación inicial que sufre ante la noticia de su inminente muerte, decide aprovechar los días que le quedan realizando una obra social que le permita sentir que su vida ha servido de algo. Watanabe había pasado sus días hasta el momento como funcionario al frente del departamento de atención al ciudadano, un departamento que, como el resto de secciones de la Administración, se desentiende completamente de las necesidades sociales y en el que los funcionarios se limitan a ejercer un trabajo burocrático rutinario y exento de cualquier implicación con la responsabilidad hacia la sociedad que deberían desempeñar. Este mensaje de crítica contra un sistema que poco o nada hace en ayuda de los ciudadanos más desfavorecidos es uno de los temas de fondo en esta película.

En ¡Vivir! la denuncia contra la pasividad de los organismos gubernamentales ante la situación de crisis social y económica que atravesaba el Japón de la posguerra es evidente entre otros ejemplos en las afirmaciones de los mismos funcionarios que asisten al funeral de Watanabe, uno de los cuales reconoce abiertamente: “en la Administración no hay que hacer nada, ya que si haces algo te tachan de radical”. Ejemplo de ello es la magnífica ambientación de la oficina, en la que se acumulan por todas partes montañas de solicitudes que dan muestra de la gran cantidad de quejas recibidas y del descuido y poca atención prestadas a ellas por los funcionarios. El mensaje dado por Kurosawa es sin embargo un mensaje esperanzador, representado en la lucha personal y posterior triunfo de Watanabe por conseguir realizar el proyecto de construcción de un parque para niños, lucha que viene a demostrar la posibilidad de mejorar la situación social existente. No obstante, y pese a este mensaje optimista, Kurosawa es realista, y aunque los funcionarios que asisten al entierro reflexionan sobre la necesidad y posibilidad de cambiar el orden de las cosas, la película se cierra con el retorno a la misma situación que abría el film, con el nuevo jefe de departamento desentendiéndose igualmente de los ciudadanos, y con la resignación cobarde de sus empleados ante esta vuelta a la vida rutinaria anterior (extraordinario plano el que muestra al único funcionario disconforme con la situación sentarse en su silla y esconderse tras las montañas de papeles que inundan su mesa).

¡Vivir! se estructura en dos partes. La primera es la historia de Watanabe desde el planteamiento de su dedicación profesional y la noticia de su enfermedad oncológica terminal hasta su decisión de emprender la lucha por la construcción del parque. En esta primera mitad se desarrolla un conflicto emocional del personaje, el cual atraviesa una profunda situación de crisis personal como resultado del conocimiento de su muerte inminente. Watanabe tratará inutilmente de recuperar el tiempo perdido en su vida anterior, dándose cuenta de que ya no puede reparar la relación de incomunicación con su hijo y su nuera. Comprueba que el disfrute desenfrenado de las juergas nocturnas no le reporta ningún tipo de satisfacción vital. El protagonista encuentra sus únicos momentos de felicidad en sus encuentros con una joven ex-empleada en su departamento, cuya vitalidad le transmite cierta alegría de vivir y que actúa como catalizador en la decisión de Watanabe por realizar una misión social que le haga por fin darle un sentido a su existencia.

La segunda parte del film comienza tras la muerte del protagonista cinco meses después. En esta segunda mitad, y teniendo como fondo narrativo el funeral de Watanabe, se procede a la reconstrucción de la consecución del objetivo del protagonista, a través del testimonio de los diversos asistentes a su entierro. Se trata de una crítica reiterativa y quizá demasiado larga. Aunque algunos de los hechos explicados puedan resultar redundantes, la duración de esta larga secuencia del velatorio encuentra su explicación en la intención por parte de Kurosawa de escenificar el lento desarrollo de un ritual de estas características. Los diversos asistentes van conformando con sus comentarios y ayudados por la ebriedad que les va provocando el sake, un exhasutivo retrato del difunto, en el que saldrán a la luz tanto sus defectos como sus cualidades y en el que el fallecido se convertirá en el centro de un debate sobre su vida que realmente muy pocos o ninguno conoce realmente.

La estructura del filme, tanto de la primera como de la segunda mitad, está caracterizada por continuos “flashbacks” de breve duración que actuan como soporte explicativo a los hechos. ¡Vivir! se desarrolla igualmente como un conjunto de situaciones significativas que propician una reconstrucción de los hechos por parte del espectador, fragmentos entre los que destacan los recuerdos del entierro de la esposa de Watanabe, con ese maravilloso encadenado al plano subjetivo del padre y del hijo viendo cómo se aleja la carreta que porta el féretro de la madre, o la alternancia de primeros planos del protagonista gritando el nombre de su hijo con escenas que recuerdan hechos destacados de la infancia del mismo. El tiempo es manipulado a gusto del realizador no sólo con los saltos atrás en el relato, sino también con la utilización frecuente de elipsis que resumen fragmentos de la historia. Excelentes ejemplos de este montaje elíptico son las secuencias del paso de un departamento a otro de la solicitud de construcción del parque por parte de unas mujeres o las diferentes situaciones vividas por el protagonista en sus noches de juerga junto a un joven escritor bohemio.

¡Vivir! es una de las películas de Kurosawa en las que el lirismo visual está más conseguido. La impecable realización en el montaje y la composición de los planos, muestra esa soberbia puesta en escena y dirección características del realizador, llegando a su cumbre en momentos tan perfectos como la escena del columpio, en la que Watanabe se balancea cantando “La vida es corta”, esperando ya su muerte bajo la nieve. La presencia de la naturaleza y los fenómenos atmosféricos como elementos que acompañan a la narración y aportan especial significado a ella es otra de las constantes en el cine de Kurosawa. Watanabe se mece en el columpio bajo una nieve que viene a reforzar el aire de leyenda que envuelve la historia de este héroe, conectando con la afirmación de que no hay nada más solemne que los últimos momentos de un hombre. Shimura enriquece con su interpretación esta idea de dignidad y triunfo vital en su personaje, interpretación soberbia influida por el teatro japonés, en el que se enfatiza la expresividad del actor sobre un mínimo movimiento de su figura.

¡Vivir! fue definida como una película “neorrealista de los sentimientos” configurándose como un canto positivo hacia la vida y la necesidad de utilizar nuestro escaso tiempo vital de la manera más intensa posible. Lejos de un pesimismo existencialista que trate la muerte como el horrible final del camino, el mensaje final del film de Kurosawa es mucho más esperanzador, y consigue en su propuesta dejar la sensación de haber asistido a una extraordinaria lección de vida, lección coherente con la visión humanista presente en todo el cine del japonés, en el que se concluye que el ser humano ha de tratar al fin de dedicar todos sus esfuerzos en aprovechar al máximo el tiempo que le es dado, tiempo valiosísimo y demasiado corto como para ser malgastado inútilmente.

Les dejo con dos enlaces. El primero es un reportaje sobre el 60 aniversario de la película con interesantes comentarios al margen. El segundo es la película completa. Todo un clásico de cine japonés con vigencia actual en muchos de sus pasajes.

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Cineterapia oncológica: Innocence (Nunca me olvides), Australia y Bélgica, 2000, Paul Cox

“Innocence” es una película australiana dirigida por Paul Cox  en el que se narra una historia de amor medio siglo después de haber vivido juntos su primer amor y donde la pareja vuelve a reencontrarse. Tras tantísimo tiempo transcurrido y a pesar de todas las vueltas que sus vidas ha dado el afecto entre ambos no ha desaparecido. Él lleva treinta años viudo, ella está casada. Sin embargo, su matrimonio está falto de pasión, una pasión que ahora renace con este encuentro con quien fue el primer amor de su vida. Así, inician o retoman, tras toda una vida separados, una intensa relación que los llevará a difrutar, ahora en su ultima etapa de la madurez, de una nueva época de renacimiento y de emoción. Él padece un cáncer terminal no especificado. El cáncer se cuela como un hecho puntual argumental en la película. El protagonista decide libremente no recibir tratamento activo alguno y disfrutar de sus últimos días. 

Con el paso del tiempo la inocencia del primer amor se puede perder, pero para algunos es imposible de olvidar. Andreas Borg, (interpretado por Charles “Bud” Tingwell) es un organista y profesor de música jubilado descubre que su primer verdadero amor, Claire (Julia Blake), vive en la misma ciudad que él. Cincuenta años después de compartir una apasionada historia de amor en la Bélgica de la posguerra, Andreas decide escribirle una carta. Vacilante, Claire acepta su petición de volverse a encontrar y pronto se hará evidente que el amor que existió entre ambos no se ha marchitado. Parece que nada haya cambiado cuando inevitablemente lo ha hecho. Sabiendo que el tiempo es precioso, ambos se embarcan en una aventura descabellada, intensa y tempestuosa como la que tuvieron en su juventud. “Innocence” tiernamente nos muestra cómo cada etapa de la vida tiene su propio tipo de amor. Para Andreas y Claire, su pasión reavivada les permite vivir más plenamente el presente. Y nos recuerda : “El amor se hace más real cuanto más cerca está la hora de la muerte.”

Claire vive con su marido John (Terry Norris) en Adelaide, Australia. Ellos llevan casados 45 años, pero la intimidad ha salido de su relación y el tedio está instalado. Es por eso que ella se emociona al recibir una carta de Andreas, su primer amor de hace más de 50 años. Tuvieron una relación apasionada en Bélgica, donde él era un estudiante de música y ella era la hija de un diplomático australiano.

Cuando se reencuentran, el amor que compartieron hace tanto tiempo sigue ahí, intacto por el tiempo, el matrimonio, la familia y nietos. “Usted tiene una cepa sentimental dulce”, Le dice Claire a Andreas, cuya esposa murió hace 30 años. En una escena muy emotiva, se ve a él obligado a estar de pie junto a la tumba de su esposa, pues el cuerpo de su difunta esposa va a ser exhumado del cementerio ya que está previsto ser reemplazado por un complejo inmobiliario.

La conexión íntima entre Claire y Andreas sigue siendo fuerte y encuentran consuelo uno en los brazos del otro. Mientras, el marido de Claire se sorprende cuando ella le habla de su relación con Andreas. Después de años de dar por sentada su relación de por vida con su esposa y centrar toda su atención en sus propias necesidades, John se mueve entre las conflictivas emociones de ira, celos y remordimiento.

Claire y Andreas cosechan sus recuerdos del pasado, comparen historias y hablan de la vida, el amor y la muerte. Cuando él se encuentra hospitalizado en una batalla contra el cáncer avanzado, ella está allí para consolarlo. Monique, la hija de Andrea (Marta Dusseldorp) acepta a la amante de su padre con felicidad.

Cuenta Paul Cox que la idea surgió al ver a sus padres caminando de la mano. Habían llevado una vida dura, como muchas parejas que se sostienen durante años y ahora se marchaban juntos en paz. La película fue elogiada por la crítica y fue una de las películas más exitosas de Paul Cox. El séptimo arte nos demuestra que el amor en la “tercera edad” puede ser francamente adorable, al igual que lo hiciera en otras películas como “En el estanque dorado” o “Solas“. Es una verdadera reflexión sobre el envejecimiento consciente con grandes reservas de sensibilidad, sabiduría y creatividad. “El amor se convierte en un sendero del despertar, ese despertar del sueño de viejos patrones inconscientes, con la frescura e inmediatez de vivir más plenamente en el presente, de acuerdo con lo que realmente somos. La gran cosa acerca de envejecer es que no se pierde el resto de las edades que has estado“, recuerda la escritora Madeleine L’Engle sabiamente. Saborear la acumulación de experiencias, aventuras y recuerdos es uno de los placeres de las últimas etapas de la vida. Tenemos el placer de recordar lo que una vez fue y sigue siendo una parte de nosotros: nuestro yo más joven en toda su variedad.

Cox nos recuerda con esta hermosa película que “El cine es un regalo que te llevas a casa. Sé que Innocence es incapaz de ofender o de herir a nadie. Sólo puede enriquecer la vida. Esta película es un santuario. Esperemos que devuelva un poco de humanidad al cine”. Una espléndida película para disfrutar.

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Cineterapia oncológica: Vivir para siempre. España-Gran Bretaña. Gustavo Ron. 2010

“Vivir para siempre” narra la historia de Sam (Robbie Kay), un niño de doce años al que le encantan los datos, las películas de miedo, los ovnis, recopilar historias espeluznantes y los sucesos fantásticos. También le gustaría saber qué se siente al tomarse el primer trago de cerveza, al dar la primera calada a un cigarrillo a escondidas, al besar a una chica… Sam quiere saber cómo se sienten los adolescentes porque teme que él no llegará a serlo pues padece una leucemia con una mala evolución. Aunque los adultos sólo le responden con ambigüedades, él quiere conocer todos los datos y detalles sobre su muerte. Está dispuesto a averiguar las respuestas a todas sus preguntas y  decide escribir un libro. Un libro que es su diario y a la vez una “investigación científica” con sus observaciones y una lista de las cosas que quiere hacer antes de morir. Esta lista ha estado presente si recordamos en otras películas de esta sección de Cineterapia oncológica como “Mi vida sin mi” o en “Ahora o nunca”

El protagonista de nuestra historia decide escribir un libro; un libro que se convierte en su diario íntimo. Esto supone intentar llegar al corazón y trascender. Aunque el sentimiento en esta película puede pecar de excesivo sentimentalismo, la película se convierte en una nueva reflexión sobre el dolor por la pérdida de un hijo. Pérdida esperada en este caso por una enfermedad en fase terminal, pero siempre una de las más difíciles experiencias a las que nos puede someter la vida. Y aquí sí que la verdad casi siempre supera a la ficción.

Este filme se basa en la novela Ways to live forever, de la joven escritora británica Sally Nichols. Gustavo Ron se quedó impresionado con la historia de un niño con leucemia que narra sus últimos meses en un diario. Y para comprobar la verosimilitud de los hechos narrados, se puso en contacto con ASION (Asociación de padres de niños con cáncer de la Comunidad de Madrid), grupo formado por padres que han pasado la experiencia de tener un hijo con cáncer y que está integrada en la Federación Española de Padres de Niños con Cáncer (FEPNC). En ASION no solo gustó el libro, sino que animaron al cineasta adaptara la historia a la gran pantalla.

Gustavo Ron convierte al cine español a un cine sin fronteras, pues rodó la película exclusivamente con actores británicos, destacando el personaje de Ben Chaplin como padre. La película se filmó entre su Galicia natal y Gran Bretaña. En definitiva, se trata de una película que es algo más que la arquetípica historia de un niño con cáncer.


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