Cineterapia oncológica: Los demás días. España. 2017. Carlos Agulló 5/5 (2)

“Los demás días” es un recomendable documental estrenado el pasado mes de Noviembre de 2017 y dirigido por Carlos Agulló que se atreve con ojos sigilosos y valientes, a adentrarse en el día a día de una Unidad de Cuidados Paliativos de la Comunidad de Madrid. Los protagonistas no son actores, sino personas de carne y hueso que generosamente han dejado plasmado en el celuloide su testimonio de vida.

Un joven marroquí abre la escena de la película en el marco de un ring de boxeo. Se ve cómo calienta antes de salir a la lona y luego combate. Entre el público asistente se enfoca a Pablo, el médico que supervisa la evolución de Fátima, la madre del joven boxeador. Al día siguiente el médico irá con Gema, enfermera del mismo equipo de Cuidados Paliativos en el que trabajan los casos que les derivan.

De este modo se da a conocer a esas personas luchadoras, ya sea en el ring, en la oficina del hospital o en la cama en la que yacen. Como en una metáfora, el juego de metonimias y otras figuras estilísticas es desechado para comenzar un relato más acorde a un cine de talante francés, volcado en las “proezas diarias” de un grupo de profesionales que llevan su día a día de la mejor manera posible. Con un par de secuencias en las que Pablo Iglesias ofrece una clase a sus alumnas en un aula, se postula como protagonista indiscutible pero no de una forma prepotente, sino como guía e hilo conductor del resto de personajes, pacientes y compañeros de trabajo que aparecen a lo largo del metraje. Por medio de sus visitas a los enfermos, conversaciones presenciales o telefónicas y viajes en el coche, se consigue un microcosmos en el que suceden con naturalidad distintos casos, con situaciones económicas y relaciones personales diferentes. Siempre con el acierto de tratarlas por igual, sin preponderancia de unos afectados sobre otros, atento a cada familia y a cada persona. Con secuencias evocativas como las de Ángela en la playa, los hijos de José María con su madre visitando Portugal, o los recuerdos de Carmela como profesora y María sobre el abandono del hogar de su padre, cuando era niña. Incluso estas situaciones se ofrecen sin incursiones fuera de lugar ni obscenidad por el dolor ajeno. El documental funciona perfectamente como una observación certera, emocional sobre las dolencias y la manera de mejorar esas vidas, a favor del dinamismo de lo que hubiera sido una ficción sobre un grupo de profesionales.

El trabajo de estos improvisados “actores” reales trasciende y traspasa la pantalla. Pablo Iglesias, Gema, Celia y demás personal sanitario representan a los miles de profesionales anónimos que se dedican a esta encomiable labor invisible de paliar síntomas, cuidar, aliviar y consolar a los pacientes en sus últimos días. Contemplamos historias que nos acercan a ver la cara oculta del cáncer o de la ELA.

La película huye lógica y elegantemente de elementos escabrosos y ahonda en la cotidianidad de los profesionales sanitarios, los cuidadores, los familiares y los verdaderos protagonistas e hilo conductor: el paciente que se encuentra en su etapa final de la vida. Se abre la puerta a la intimista atmósfera de un coche, de un despacho médico, de un hogar o de una habitación de hospital con una mirada firme, auténtica e interpretada con un virtuoso realismo. Los silencios se alternan con las palabras que se antojan solemnes, lúcidas y trascendentes, invitando a una serena reflexión sobre la vida y la muerte.

La narrativa se bifurca en tres perspectivas de imponente entereza: la del enfermo,  con más miedo al dolor o al sufrimiento que a la propia muerte; la del médico y sus ayudantes que saben del final de sus pacientes y que deben buscar su lado resiliente  y la del cuidador del enfermo (¿ quién cuida a los cuidadores?), esa pareja, hermana, padres o hijos sanos pero que están obligados a lidiar también con el tormento ordinario y el tránsito que está por llegar.

“Un día nos moriremos, pero los demás días no”. El propio título de la película “Los demás días” invita paradójicamente a hablar de modo vitalista de todo lo que ocurre hasta que llega el señalado día en que todos inexorablemente nos moriremos. El foco del documental se encuentra en ese desgranado que realiza ese gran equipo de Cuidados Paliativos que conforman, encabezado por un carismático y peculiar Dr Pablo Iglesias. Él y todo el resto del equipo nos ejemplifican con su trabajo. Ayudan a aliviar síntomas físicos. Hablan con el enfermo y la familia. Escuchan al paciente, a los cuidadores, a los compañeros. Reformulan las propias preguntas de los pacientes. Ayudan a hacer un ecuánime balance de lo que ha sido la biografía de cada uno y otorgarle de sentido. Consiguen que el cierre del ciclo vital sea más llevadero y que revelen cuáles son sus deseos en esos últimos días. Ayudan a elaborar un duelo sano anticipado a sus seres queridos. Ofrecen apoyo psicológico y espiritual. Validan a las familias y les escriben cartas de condolencias tras ese adiós definitivo.

“La muerte no se ve igual cuando estás sano que cuando te han machacado a tratamientos y la enfermedad sigue su curso” dice inteligentemente el Dr Iglesias. La muerte puede verse como un muro o como una puerta de salida.  Se vislumbra así que la muerte en estos casos puede asumirse con placidez, serenidad y esperanza. “Morir, se nos mueren todos los pacientes. Pero se trata más que de morir bien, de vivir bien hasta el último momento”¿Sabes lo que eso significa? Mejorar la calidad de vida, no sólo retrasar la muerte.

“La lucha por la vida no debe ser un combate contra la muerte, porque tarde o temprano será una batalla perdida”. A través de la rutina de trabajo del Dr. Pablo Iglesias aprenderemos a ver las cosas de otra manera, más humana, constatando valores como la fortaleza, el sentido del humor y la estrecha relación que se establece entre médico y paciente. Observamos que la vida vale la pena hasta el último suspiro y debemos cuidarla con exquisito mimo hasta el final.

Carlos Agulló conoció al Dr Pablo Iglesias cuando trató a su suegra durante sus últimos días de vida. El director se sintió en deuda devolviéndole ahora el favor a modo de documental íntimo, nunca intrusivo o asfixiante, reivindicando una profesión injustamente infravalorada, quizá por desconocimiento, obligándonos a encarar de frente a la muerte. Una paciente joven con extremada lucidez nos dice “Lo que quiero es vivir, no luchar”. Pensar en la batalla de la enfermedad con vencedores y vencidos es tremendamente frustrante y el mismo médico entiende que estamos demasiado pendientes de esta supuesta guerra sin tener en cuenta el cuidado que merece el propio campo de batalla. Reacciones como la resignación, el enfado, la valentía, el miedo, la impotencia y el duelo son todas válidas, debemos darles permiso a su expresión para poder atravesar y cerrar sanamente esta etapa.

El documental está delicadamente elaborado con firmeza, verosimilitud y solemnidad, dotándole también de la gran fuerza a todas y cada una de las personas que forman parte del filme, desde la cotidianidad, mirando con entereza a los ojos de la muerte que está por venir, retándola con una inusitada fuerza sobrehumana, abordándola sin miedo, con realismo a esas aristas de la tragedia, y componiendo finalmente una paradoja irresoluble. Estamos ante una película vital sobre la enfermedad terminal y el último trecho de la existencia.

Compuesta con sentido del pudor y con una presencia de la cámara,  sin voz en off explicativa. “Los demás días” es el triunfo de un cine poco comercial, pero que llega al alma humana, retratando una sociedad multicultural como la actual, de diverso ideario religioso y espiritual que a la hora de la muerte se torna muy democrática. Sólo observamos piedad, delicadeza y amparo.

Algo tan natural en el ciclo vital de las personas como nuestro reconocimiento de la mortalidad, es la que nos hace más humanos. Pero, ¿cómo es posible que sigamos ignorándola? ¿Por qué nos empeñamos en alargar más y más la vida como los villanos, en lugar de aprovechar al máximo las horas que tenemos? Este es el debate que subyace, para recordarnos que la muerte no es bonita, pero llegará nos guste o no. “Tenemos un vacío enorme, porque no nos atrevemos a hablar de la muerte, y eso provoca que no estemos preparados para asumirla cuando llega“, asegura el director, Carlos Agulló, “El miedo que le tenemos a ese momento no nos deja vivir libres”, afirma  y “saber que la muerte está ahí nos hace tomar las riendas de nuestra vida”.

Agulló reconoce que “ha sido muy duro”. “He pasado por diferentes etapas en estos dos años, algunas de mucha tristeza, pero al final esta inmersión me ha hecho crecer mucho como persona”… Me ha dado conciencia de lo que hago cada día y cómo lo disfruto“, continúa el director, que aspira a que esta experiencia transformadora que él ha vivido trascienda de la pantalla y llegue a los espectadores. “Espero que dure en ellos la reflexión, que hablen de sus vidas y sus muertes, y que al final esta película sea un granito de arena en todo un discurso social hacia una sociedad más sana”,

El director manifiesta buen oído al recurrir a música diegética, dentro de la escena, con la canción que toca a la guitarra el doctor en la soledad de su casa olas piezas al piano ejecutadas por la mujer de Juan, uno de los pacientes, o bien la canción que escucha en un reproductor de CDs la hermana de Carmela, a petición de ella. Este modo de incluir varias composiciones reduce el chantaje emotivo de la música y acrecienta el respeto hacia las personas reales que aparecen en la pantalla.

El director y su guionista recurren a una narrativa directa, de planos al corte y algunas transiciones para separar el desarrollo de las secuencias. De golpe ya nos introducimos en una presentación de personajes que va desde una parte pequeña de la totalidad, con ese boxeador que no es el enfermo, sino su madre.

Parece mentira que después de ver la película recordemos la mayoría de los nombres de sus protagonistas, sin necesidad de textos de apoyo que identifiquen a los que participan. Asistimos en ella a parte de su realidad sin la sensación de intromisión en momentos delicados o de sinceridad desgarradora. Ojalá reflexionemos de que tenemos la oportunidad de seguir viviendo, porque como dicen los protagonistas, moriremos algún día pero los demás días no.

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